Ruta por Nueno – Ermita y Gorgas de San Julián
Un paseo por los alrededores de Nueno, pasando por la ermita y las gorgas de San Julián
22-mar-2017 — 11 km
Desde el pueblo de Nueno, en las estribaciones de la Sierra de Gratal, nos hemos acercado a las Gorgas y ermita de San Julián de Andriá, ajustándonos, en parte, al recorrido del PR-HU 112 y siguiendo las indicaciones marcadas por las laderas meridionales de la sierra de Gratal. Hemos visitado el gran depósito de agua que hay para la urbanización y el campo de golf además de ascender un buen trecho por la senda que discurre por esa ladera que nos ha llevado a conocer el inicio de las sendas que conduce a los pozos de nieve de Las Calmas (que no conocemos todavía), obteniendo, además, unas buenas vistas de la Comarca de Huesca y del cercano pico del Águila (1619 m), cuya ascensión tenemos prevista aunque pendiente de determinar.
Excelente excursión, de trayecto sencillo y adecuada para casi todo el mundo. Se nota el tránsito de personas, pues la senda está “muy pateada”. Durante una buena parte del recorrido puede verse la Peña de Gratal (1567 m), emblema destacado de esta sierra con igual nombre, la cual viene a dibujar el perfil de una magnífica brava sierra, con sus pertinentes roquedales de conglomerado y caliza y sus pequeñas praderas. (En el blog “despobladosenhuesca”, se hace referencia a una pequeña población ya desaparecida, “”Casas de Gratal””).
Nueno:
Inicio y final de nuestro paseo. Situado en las estribaciones de la sierra de Gratal, en la margen derecha del río Isuela, una vez pasado el desfiladero que desciende desde el pueblo y embalse de Arguis. Su nombre hace referencia a la distancia en “millas romanas” (nueve) desde la capital. (Este tipo de topónimos marcadores o señalizadores se repiten en el entorno de Huesca, la Osca ibero-romana, tales como “Cuarte”, “Siétamo” o “Tierz”).
La iglesia de San Martín Obispo (con orígenes del siglo XII, aunque en el XVI se le añadió la torre de ladrillo con estilos mudéjares), es el edificio más representativo y sobresaliente.
Gorgas de San Julián:
Un lugar mágico, de grandes concavidades de conglomerado formadas por la acción erosiva de las aguas, una sombría garganta en la que los rayos de sol apenas tienen entrada dada la estrechez y altura de los acantilados que conforman el barranco de San Julián.
Parece como si estuviéramos en el interior de una gran catedral de piedra, en cuyo interior existe un belén montañero.
A medida que te vas acercando a las Gorgas, el barranco se va estrechando siendo la vegetación cada vez es más espesa, cambiando poco a poco la temperatura y la humedad reinante. El tramo final del tramo está formado por unas verticales paredes de conglomerado, donde se pueden apreciar, perfectamente, las juntas de estratificación con los residuales paquetes de materiales finos.
Estos “mallos” se formaron gracias a las ingentes cantidades de piedras, gravas, arenas y otros materiales de distinto grosor, los cuales fueron arrastrados por la gran cantidad de torrentes que descendían desde los Pirineos hasta la depresión del Ebro, durante los levantamientos del Terciario en la época del Eoceno. Los depósitos de los materiales iban aumentando su espesor y las gravas por el efecto de la litificación fueron compactándose y cementando. Los conglomerados, a pesar de su dureza, resultan ser bastante frágiles y acostumbran a romper con bastante facilidad, pues pueden llegar a combinarse fracturas verticales de tipo tectónico, aguas infiltradas, la vegetación o roturas por gravedad, sobre todo cuando las viseras excavadas sobrepasan unas ciertas dimensiones.
Ermita de San Julián de Andriá:
Ubicada a unos pocos metros de las Gorgas, debidamente señalizada, y desde la que iniciamos la circular que nos llevará a cruzar el barranco de Fenés, cuya confluencia con el de San Julián, aguas abajo, dará lugar al río Venia, afluente, a su vez, del río Sotón.
Por sus características, este pequeño cenobio se asemeja un tanto al de San Martín de la Bal d’Onsera o al de San Cosme y San Damián situados también dentro unas pequeñas grutas y que fueron habitados por eremitas.
A esta cueva-santuario, se la considera como una de las más importantes del Alto-Aragón, junto a San Juan de La Peña; La Virgen de La Peña, en Aniés; San Urbez, en Añisclo; San Visorio, en San Vicente de Labuerda; las antes reseñadas de San Martín de la Bal d’Onsera, en San Julián de Banzo, y San Cosme y San Damián, en Vadiello, además de algunas otras. Todas comparten unas particularidades comunes, tales como: hallarse enclavadas en sitios más o menos agrestes; con agua en sus inmediaciones e incluso en su interior; y unas comunicaciones con el mundo exterior dificultosas.
Los orígenes de la ermita no son conocidos, aunque la tradición de la comarca viene haciendo referencia a la existencia de unos primitivos anacoretas que se hicieron famosos por su santidad. Su antigüedad pudiera ser muy remota. La práctica de la vida en retiro o en soledad, sin estar sometidos a ningún orden jerárquico, tan sólo a la oración y a la penitencia, fue un tipo de vida que se extendió a partir de los siglos III/IV, implantándose en Aragón hacia el siglo V.
La gruta que acoge la ermita que nos ocupa, cuya roca sirve de techumbre a la misma, se abre hacia el mediodía, estando cubierta su entrada por una pared de piedra con una puerta y dos ventanas. En su interior, que no guarda ninguna simetría, existe un pequeño altar en el que destacan, además del santo titular, San Julián, la Virgen del Pilar y San Lorenzo. Por la misma roca se va filtrando el agua, que va formando pequeñas estalactitas y estalagmitas (el agua debía tener un importante papel, pues, normalmente, los santuarios siempre se levantaban junto a manantiales o cursos de agua, lo cual representaba el poder de Dios mostrando sus propiedades mágicas o terapéuticas).